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En crossfit nos metemos manos

Felicia Coffey
Crossfitera y teacher

Yo no sé tú pero en mi vida cotidiana suelo mantener una prudente e higiénica distancia con individuos que no conozco de nada. Se podría decir, incluso, que me parece muy normal no acercarme a los extraños a menos de, digamos, medio metro. Llámame loca, pero no me apetece lanzarme a los brazos o los tobillos de un completo desconocido/a y agarrarlos hasta que se les claven las uñas (claro, suponiendo que no se trate de Russell Crowe). Bueno, en los ascensores sí soporto cierto acercamiento o incluso roce, siempre y cuando no salga de allí con un conocimiento íntimo del tacto de una dermis ajena. Cierto es que vivimos en una sociedad latina, donde la distancia entre las personas se acorta más que en mi país anglo-sajón, (si saludas a un americano recién llegado a España con dos besos, se quedará rígido con la cara congelada, deseando que el acoso se acabe) pero ni siquiera los latinos tienen costumbre de entrar en contacto físico con extraños tan frenéticamente como un niño de 2 años aferrándose enrabietado a las pantorrillas de su mamá para no se les escape.

Ahora bien, en Indian todo eso cambia. Y hay que estar psicológicamente preparada para dejar a un lado esas molestas inhibiciones. De buenas a primeras, dan la orden y te encuentras con un ser humano que pesa como un muerto subido a la espalda y vas cojeando por toda la sala mientras le agarras los muslos para no pegaros un viaje. Si a ti te toca saltar encima del lomo pegajoso de alguien, intentas aterrizar en su lumbar como una plumita, pero no te engañes, porque el pobre “caballito” emitirá un gruñido de burro viejo y se tambaleará hasta el otro lado del box, acordándose de toda tu familia por lo bajini.

FELICIA PRACTICANDO UN G2E (GOMA A EMILIO)

¿Y qué me dices de “el carrito”? Me tiro con las manos en el suelo con el culo en las narices del individuo de detrás de mí, y levanto una pata, con la expectativa “lógica” de que él o ella, al que muy posiblemente no habré visto antes en mi vida, me coja el tobillo sudoroso y mal depilado y aguante con resignación mientras casi le doy en la barriga o las partes nobles con el otro pie. Juntos cruzamos la sala, él intentando no empujarme con exceso de entusiasmo y yo hiperventilando y preguntándole al suelo cómo coño me encontré en esta situación mientras rezo para que mi “conductor” no esté mirándome la celulitis del culo.

He observado que la mayoría de la gente en el box se enfrenta a estos ejercicios de contacto íntimo con una filosofía determinada: “esto me da un corte tremendo pero voy a convencerme de que realmente no está pasando nada”. Todo el mundo pone cara de circunstancia e intenta que se acabe todo lo antes posible. Si es el “carrito”, el sujeto de pie mira fijamente “pa’lante” como si no fuera la cosa con él/ella y procura no reparar en cómo se menea de un lado para otro el trasero que tiene delante y se empapa de manchas oscuras de sudor. Si es “la novia”, el que tiene a su compañero/a en brazos se empeña en mantener la mirada en la meta y olvidar que en otro ambiente sus esfuerzos se interpretarían como un tierno gesto romántico, mientras que el otro, en vez de mirarle la cara a su “pareja” con entrega y devoción, fija la vista también en la lejanía mientras que se le escapa una risita nerviosa. El caso es conseguir una especie de separación del cuerpo y la mente – tu cuerpo hace cosas francamente embarazosas mientras tu mente se abstrae y finge que no ocurre nada raro.

Yo he probado a hacer el “carrito” con mi hijo de 12 años, pero él no tiene la delicadeza y buen gusto de la gente de Indian. Cuando íbamos atravesando el salón de casa con él detrás y yo delante, empeñada en fortalecer los hombros, él me dijo con toda naturalidad “mamá, la grasa de tu culo se menea como la gelatina” y se reía groseramente. “Y estás manchada de sudor en toda la rajita.” Qué chasco. Prefiero la discreción de mis compañeros del box.

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